
George Komadina
Hubo un tiempo -ya difícil de precisar de tan lejano- en que las películas terminaban con dos palabras en letra cursiva o gótica: The End. Luego se encendían las luces de la gran sala y lo ordinario seguía su curso. A pesar de su obviedad, ese punto final en la pantalla facilitaba de algún modo el tránsito de la fantasía a lo cotidiano. El cine del siglo XXI ha prescindido de esas letras; cualquier película pagada de sí misma, buena o mala, aspira a tener enrevesadas secuelas y precuelas. Cosa de nunca terminar. La maratónica serie televisiva con tramas superpuestas y múltiples “temporadas”, artefacto cultural que define nuestra época, no termina ciertamente con las letras cursivas o góticas inventadas en Hollywood: es un eterno comienzo. El Fin ha sido sustituido por la Continuación.
¿Podemos sobreinterpretar ese detalle como uno de los síntomas de la cultura contemporánea? Blanche Leridon, ensayista y politóloga francesa, responde afirmativamente y aún mas encuentra en él un hilo para sostener que lo Inacabado no es solamente una pulsión del presente, sino la marca decisiva de nuestra común humanidad; sin embargo, lejos de ser una fuerza negativa, un malestar, es una astucia que permite conjurar el pánico a la finitud, una forma de vivir muchas vidas, sin terminar ninguna de ellas. Por eso cerramos los libros antes de llegar al final, inventamos nuevas temporadas, nuevos episodios, cambiamos de pareja y reelaboramos incesantemente nuestras biografías. Dejamos las cosas en suspenso. Y volvemos a empezar como si nada hubiese sucedido, narrando la misma historia de otra manera. Así nos reconciliamos con lo Inacabado.
PD. Nuestros Inacabamientos, es un libro de Blanche Leridon (Seuil, 2026) que inicialmente se llamaba El fin del Fin.















